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viernes, 27 de junio de 2008

Lactancia materna (trabajo de campo)



Mi padre cuenta que nació muy pequeño, según él pesando medio kilo, y que a mi abuela Dolores le dieron una caja (de zapatos) tras parir para que sirviera para enterrarlo. Era el décimo parto de mi abuela, que ya tenía 42 años, y eran tiempos muy difíciles: 1941. Mi padre explica que mi abuela, matriarca andaluza de muchos recursos (y no precisamente económicos), le dio el pecho hasta los cuatro años, e incluso recuerda el lugar donde le llevaba a mamar ya mayorcito. “Allí en Andalucía, en la aldea, los críos mamábamos mucho, hasta los cuatro o cinco años, no ves que había hambre y no había comida”.


Mi abuela materna, que padece un Alzhéimer ligero, pero que recuerda el pasado a la perfección, me cuenta que mi madre (parida con diez meses, como todos sus hijos) mamó por lo menos hasta el año y medio (y eso que ya vivían en la ciudad). Ella fue lo que se llamaba una madre de leche (en Castelló: mare dida). Relata:“ yo siempre daba de mamar a tres o cuatro. En el pueblo las madres a las que se les cortaba la leche (por un susto, apunta) iban de una mujer a otra para que sus criaturas tomaran el pecho y no murieran”. “Teníamos hermanos de leche”, apunta mi madre, mientras yo reflexiono sobre lo que hemos perdido. "¿Y tenías leche para todos abuela?", pregunto sonriendo. “Pues claro, ¿no iba a tener?”, contesta rotunda devolviéndome la sonrisa: “Y tu hermana Sara, ¿aún está entera?”…

sábado, 10 de mayo de 2008

La abuela Dolores


Autor Juan Cordero Ruiz

La abuela Dolores, que nació hace dos siglos, era una andaluza de pura cepa con moño y delantal. Vestida siempre de negro, promesa de un luto que no era por mi abuelo que estaba vivo, rezaba el rosario con el mismo fervor que recitaba poemas o tarareaba antiguas canciones de tradición oral. La abuela Dolores, mi abuela, era mujer de aldea y culta, y no porque leyera mucho (que leía), sino porque el haber parido 10 hijos, perder tres, pasar la guerra, ser arrancada de tu aldea y trasplantada a otro lugar, enseña mucho, si no demasiado. Mi abuela no perdió jamás la sonrisa de su boca, ni se cortó el cabello que le llegaba a la cintura y a sus ochenta y tantos todavía era más negro que gris. Hoy sería el cumpleaños de mi abuela Dolores, mujer donde las haya, una de las responsables de que yo fuera, con apenas tres años: la niña-diccionario.

jueves, 27 de marzo de 2008

Andaluces de Jaén - Paco Ibañez.

Hoy tengo una nostalgia andaluza terrible, esta canción era para mí la mejor nana que, guitarra en mano, mi padre nos pudiera cantar; sirva de homenaje a mi abuelo Antonio y a otros tantos miles de andaluces emigrantes como él...

sábado, 22 de marzo de 2008

Semana Santa


Tengo demasiado frío. He salido a la calle a encontrarme con los muertos. En el pueblo de mi padre, en viernes santo la gente se pone corbata. En el pueblo de mi padre estos días suenan tambores y saetas.

No soy creyente, al menos eso creo. Pero necesito un puente que me permita deshacer los pasos, volver a mis raíces. Encontrarme cara a cara con mi abuela Dolores que lleva más de 20 años muerta y todavía resuena en mi cabeza. Ella, que no podía salir de casa, escuchaba cada domingo la misa por televisión, tal vez por eso en estos "días sacros" me asaltan los recuerdos de su larga melena de mujer andaluza y sus polvos de talco.

Barcelona está desierta y llena de guiris. Entro en la iglesia de San Agustín y pongo una vela. Luz para otra gran mujer. Este lugar es especial, tal vez porque es una iglesia pobre y la misa la siguen filipinos, tal vez porque como yo creo, fuera en otros tiempos lugar de celebración de ritos paganos. Hay algo hermoso en su campo magnético que me llena de paz.

Salgo a deambular buscando a mi tía Morena que murió hace unos meses, a mi abuela Dolores y a cientos de mujeres andaluzas, lorquianas, que sobrevivieron o sobremurieron al desarraigo y la tragedia. Paseo por la calles y no las encuentro. Nada que huela a arroz con leche o roscos de Semana Santa.

De repente oigo tambores. No puedo escapar a mi júbilo. Son los humildes pasos de la iglesia de San Agustín, llevados en alzas por muchos costaleros chiquititos. Es extraño ver a una Virgen balanceándose por el centro de Portal de l’Ángel, acallando a las tiendas. Las mujeres que la siguen, de negro muchas, y muy bajitas, gritan: “Guapa”, “Guapa” al paso de la Macarena. Apretaditas y orgullosas hablan a su Madre bajito en andaluz… Siento una extraña mezcla de contradicción y seguridad. Hace calor. Ya puedo volver a casa.

jueves, 20 de marzo de 2008

El abuelo Antonio


Al nacido en aldea lo cría el horizonte
y se lo lleva un tren
cualquiera
cualquier tarde.
JUAN VICENTE PIQUERAS Aldea


Creo que tengo cinco años. Espero en la salita de papel de flores, junto a la abuela Dolores y dos o tres canarios, la llegada del abuelo Antonio.
El abuelo Antonio siempre trae dos cosas en los bolsillos de su chaqueta: fresones de gominola y una bolsa de gusanitos risi. Hoy son las doce del mediodía y vuelve de hacerle una visita a su mejor amigo en la ciudad: el tren.
Como cada día se ha puesto su sombrero de caballero andaluz y un clavel rojo en la solapa de la chaqueta. Ha cogido un bastón (esto no sé si me lo invento, porque no lo recuerdo) y ha cruzado la ciudad entera andando con brío hasta llegar a la estación.
Allí se ha sentado en un banco de color verde y ha esperado paciente la llegada del Torre del Oro. Los revisores y el personal de la estación le saludan con respeto: “¿Qué tal está usted señor Antonio?”. “Mu bien, aquí, ná más, a ver si el tren dichoso trae a alguien que conozca de mi tierra”.