
Mi padre cuenta que nació muy pequeño, según él pesando medio kilo, y que a mi abuela Dolores le dieron una caja (de zapatos) tras parir para que sirviera para enterrarlo. Era el décimo parto de mi abuela, que ya tenía 42 años, y eran tiempos muy difíciles: 1941. Mi padre explica que mi abuela, matriarca andaluza de muchos recursos (y no precisamente económicos), le dio el pecho hasta los cuatro años, e incluso recuerda el lugar donde le llevaba a mamar ya mayorcito. “Allí en Andalucía, en la aldea, los críos mamábamos mucho, hasta los cuatro o cinco años, no ves que había hambre y no había comida”.
Mi abuela materna, que padece un Alzhéimer ligero, pero que recuerda el pasado a la perfección, me cuenta que mi madre (parida con diez meses, como todos sus hijos) mamó por lo menos hasta el año y medio (y eso que ya vivían en la ciudad). Ella fue lo que se llamaba una madre de leche (en Castelló: mare dida). Relata:“ yo siempre daba de mamar a tres o cuatro. En el pueblo las madres a las que se les cortaba la leche (por un susto, apunta) iban de una mujer a otra para que sus criaturas tomaran el pecho y no murieran”. “Teníamos hermanos de leche”, apunta mi madre, mientras yo reflexiono sobre lo que hemos perdido. "¿Y tenías leche para todos abuela?", pregunto sonriendo. “Pues claro, ¿no iba a tener?”, contesta rotunda devolviéndome la sonrisa: “Y tu hermana Sara, ¿aún está entera?”…


