
Cotton Club by Michael Ochs

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A María Alicia G. que acaba de mandarme un poema inspirado en Hedonia desde Buenos Aires, que forma parte de su último libro, gracias mujer hermosa por alegrarme el día y pasear Hedonia por tu ciudad.
A veces una necesita una buena bolsa de agua caliente, especialmente si su compañero de vida y lecho anda de bolos y dicen por la tele (¿por qué vería yo al hombre del tiempo?) que hay una nueva ola de frío polar. A veces, una necesita una buena bolsa de agua caliente que pegarse a los riñones cuando, por avatares de la vida, no está la espalda conocida o el dueño del abrazo mata-insomnios. Otras, como ayer por la noche, después de meterme con mi hombre y la bolsa en la cama, compruebo que el objeto -de golpe innecesario, hasta molesto- permite regresiones al pasado… Hubo, hace mucho tiempo, una bolsa de cuadros rojos que perteneció a mi abuela andaluza- mujer de palmito trenzado en verano y bolsa caliente en invierno, con la que yo de niña adoraba dormir-, después vino Bugs Bunny (Martita la tuya era Silvestre), una muñeca con mi nombre (que no daba calor pero sí reconforte), un gran amor, amantes hermosísimos y efímeros, un bebé negro con alas de plástico, amantes-personaje que duraron toda una eternidad... He soñado algo extraño: con un nuevo programa buscaba a uno de ellos en el ordenador (a mí lado su novia oficial de entonces, mi compañera en el periplo) y obtenía toda la información privilegiada de su vida amorosa. Tuve miedo en el sueño (celosa de mi intimidad) de que alguien pudiera hacer lo mismo con la mía y me pregunté por qué ella y yo, después de tanto tiempo y tanto “amor-odio” mutuo, al ver los resultados teníamos la misma reacción: hastío, indiferencia. Hubo un tiempo en que me gustaba muchísimo dormir sola y las bolsas de agua caliente andaban de paso.



Nunca supe, creo que tampoco he querido, caminar al lado de la vida como si ésta no fuera conmigo. Mis padres no me educaron para pasar de largo, ni en la resignación. Así que siempre que comienzo una etapa nueva, en mi día a día hay revoluciones y en mis pensamientos batallas o sucedáneos. Emprendo de nuevo mi tarea de docente y me absorbe por completo, y no hablo aquí de la materia que enseñaré, sino de la vida que rodea a miles de personitas que como yo son profesores de secundaria en la enseñanza pública.
Este año vuelvo a estar en un barrio marginal y mi instituto es el único público del barrio, mis alumnos serán en su mayoría: hij@s de familias obreras, con poca formación intelectual (que no de vida); hij@s de migrantes de clase baja de muchos países diferentes, pobres en recursos y algunos, por desgracia de las circunstancias, en cariño; hij@s de familias desestructuradas con problemas de drogas, sida, cárcel, clandestinidad y me temo que también de hambre…
La lista de mi tutoría es muy difícil de pronunciar (pero ensayaré), veo que en el centro ha habido algún caso de acoso y que hay varios chavales bastante conflictivos, ya fichados por la policía, ¿carne de talego antes de los 12?…
Y es una pena pero ésta es una parte de la realidad, ésta es mi pequeña lucha política, y ésta es la vida que de nuevo me duele… ¡Va a hacer falta mucho amor!
Un compañero me dijo ayer que si sólo estuviera en la enseñanza por los contenidos, por la materia, estaría quemadísimo y lo dejaría todo, que él seguía creyendo en todo lo demás, en "educar"…
Nada amores, vaya rollo, pero es que andaba yo sumida desde hace dos semanas en mi nueva realidad, y de pronto me ha llegado un mail de negrescolor que me invita a acariciar juntos esa bola que llamamos arte y he leído un par de entradas hermosas en el blog de la Maga y he vuelto por unos instantes a mi fantástica "irrealidad", y a esta (mi/vuestra) casa ¡Qué gustazo!

Un día llega un golpe de viento y se los lleva lejos. Así de hostil es mi ciudad, laye, albergue de extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes. Así de hostil es todavía tu ciudad Jose Agustín.
Un día llega un golpe de viento y se los lleva lejos. A algunos para morirse antes de tiempo, como la Mercé, que se fue caminando a Marruecos, un día sin avisar y nuestro amigo Albert Compte, que se marchó con aquellos unicornios verdes a su tierra: Girona, y su enfermedad no le dejó volver jamás. Me consuelo un poco, me quedan sus versos…
Primero se fueron los chilenos, aunque algunos resisten todavía. Se fue mi amiga Cynthia, la que leía como nadie el “Tango del viudo”: Oh, maligna. Se fue mi amor chileno, mi escultor, que anda todavía por Europa (viviendo en una antigua estación de trenes convertida en casa-taller), algún que otro poeta y un par de buenos amigos cineastas… Lo que más echo de menos de todos ellos es su noción del arte: a cualquier hora, en la calle, en el metro, en los bares, para el pueblo y sin pagar. Joder, lo que se supone que debería ser el arte ¿no? Sé que algunos continúan construyendo utopías y han creado una furgoneta-biblioteca andante que recorre los pueblos de los Andes. Son así.
Luego se fue Jan, mi gran amiga inglesa, conocida en un supermercado, mujer de mundo y de grafitis. Se fue para curarse de una grave enfermedad. Y luchó y se curó, pero aún no ha vuelto, me queda la esperanza.
Se fue Mónica, mi Tinker Bell, primero a París, después a Boston, y finalmente a vivir, a parir y a estudiar a Galicia. Ella y Nora están ahora "back home after a long journey”, y no sé cuánto durarán por aquí, pero pienso disfrutarlas.
Se fueron los que emigraron a pueblos cercanos, a un golpe de tren: Marc, Aran, David e Inés.
Se fue Anna, la de Valencia, a viajar un año y se quedó en Bolivia, y Jeanmi, y la Joana, que al final sigue erre que erre en Madrid.
Se fue Nuria, con sus vídeos y sus disparates que tanto me hacían reír.
Se fue Miguel Ángel, (nuestro médico junto con David, Inés y la doctora Queen) y con él su familia cada vez más grande. Eso sí, a Valencia, que está cerquita.
Se fue Amarela, nuestra Ama, a su DF, y por dios que la sigo echando tanto de menos que la veo en todas partes. Si no que se lo digan a Mar que le pasa lo mismo.
Ahora se va Guillermo, mi antigua pareja, con el que compartí seis años de mi vida y es uno de mis mejores amigos. Se va bien, después de 13 años en esta ciudad, a la que yo vine a vivir por su amor hace ya mucho y donde he construido mi hogar y me he quedado. Espero, como decía Miguel Ángel que los vientos le sean favorables. Echaré de menos su serenidad en la palabra y en la mirada.
Me siento sola. Sé que tengo a mi hermana, a mis poetas, a una gran colla de amigos castelloneros (que no sé porqué pero no nos volvemos) y sobre todo a mi pareja actual. Pero esta noche no puedo evitarlo: maldigo mi ciudad, me invade la nostalgia, lloro y echo de menos.
Supongo que mañana saldrá el sol.
Pd: la foto es de una casa donde pasé algunos de mis mejores momentos en Barcelona. Un buen día, también se fue, pero antes se tiró por la ventana. Otro día os lo cuento...
Cornell Capa- The Savoy Ballroom
No creo en las relaciones adolescentes una vez pasada la veintena; ni en vivir en casas separadas a no ser que lo exija la distancia; ni en el “hoy sí y mañana ya veremos” (nunca bilateral) como modo de manipulación.
No creo en ese falso feminismo que sirve de excusa ante el miedo al compromiso; ni en el hombre que impone a su pareja su negativa a la paternidad; ni en príncipes azules; ni en princesas y menos aún en los cuentos de hadas, donde se supone que otro u otra ha de llegar a tu vida para salvarte de ti mismo/a.
No creo en las relaciones románticas cuando no hay mayor compromiso que el sexo (el sexo por sexo es mucho más sano en estos casos y evita malos entendidos); ni en la pasión irracional que te lleva a la locura de anteponer el otro a ti, sobre todo cuando no se lo merece; ni en el amor no correspondido.
No creo en las relaciones que se basan en la discusión y que solucionan por vía del lecho todos los conflictos; ni en las que se juega eternamente al chantaje emocional; ni en las que se impone por inercia un estado larguísimo de incertidumbre o impotencia.
No creo en todo aquello que yo considero que no es amor “adulto”…
Yo creo en la dulzura de la complicidad; en la ironía y la capacidad de empatizar; en la risa como principal fuente de comunicación; en el amor que se construye cada día con manos y pies; en el “yo soy así y así quiero que me quieras y si no me marcharé sin hacer dramas”; en el “tú eres así y te acepto tal cual y no te pediré flores” y en el “vivamos el hoy porque no sabemos que nos deparará el mañana”. Eso sí, todo con la mayor intensidad posible, con toda la dignidad de la que uno/a es capaz, sin perderse ningún detalle... porque estos amores, que por suerte no matan sino que dan vida, no aparecen muchas veces. He ahí su misterio y su secreto, real y cotidiano, como el buen swing.



Pasan los años y queda lo más simple, lo que parece pasar desapercibido, lo que mueve la noria y no deja huella… ¿O sí? Aquellas pequeñas cosas para las cuales no se requiere ningún aprendizaje académico, para las que una necesita tal vez desaprender, abrir los seis sentidos que posee…
Pasan los años y un hombre con el que compartiste seis años de tu vida es la mantequilla en la tostada o su forma de caminar; un amigo al que le has perdido el rastro hace ya mucho es un suave apretón de mano cuando no le salían las palabras; una madre es un flotador inmenso que te sujeta en la piscina y te abraza porque tu mejor amiga no te “ajunta”; un abuela muerta hace veinte años es un olor a talco y a caldo de jamón; un ex amante precioso es un dulce beso de costado; un padre es una canción, un verso o un delantal; otro amigo es Extremoduro a grito pelado en un coche de madrugada; Venecia es una escalera de escritores y una mujer; una hermana es una llamada de teléfono a deshora; otra hermana es su forma de probarse ropa ante un espejo; tu pareja es un diminutivo o un paso de funk en el salón; una casa es un sofá con un cojín para tu pierna pocha; unos alumnos son treinta piruletas haciendo ruido a la vez; una psicóloga es una sonrisa e incluso una carcajada; otra abuela es una aguja de coser en la mano; un abuelo es un televisor y el otro una gominola; el infierno es una canción que te salva mil veces; el cielo es alguien desconocido que te sonríe en el metro; un tren es una lágrima que limpia un viaje interno; una libreta es un paraíso que un día se pierde, y el paraíso sigue ahí; un orgasmo es un pedazo de sashimi en la boca; una beba es una ranita y un modo alucinante de respirar; yo soy alguien que baila por la calle dando saltos y tú la sonrisa que me mira un día y otro día sin juzgar…

Mi padre cuenta que nació muy pequeño, según él pesando medio kilo, y que a mi abuela Dolores le dieron una caja (de zapatos) tras parir para que sirviera para enterrarlo. Era el décimo parto de mi abuela, que ya tenía 42 años, y eran tiempos muy difíciles: 1941. Mi padre explica que mi abuela, matriarca andaluza de muchos recursos (y no precisamente económicos), le dio el pecho hasta los cuatro años, e incluso recuerda el lugar donde le llevaba a mamar ya mayorcito. “Allí en Andalucía, en la aldea, los críos mamábamos mucho, hasta los cuatro o cinco años, no ves que había hambre y no había comida”.
Mi abuela materna, que padece un Alzhéimer ligero, pero que recuerda el pasado a la perfección, me cuenta que mi madre (parida con diez meses, como todos sus hijos) mamó por lo menos hasta el año y medio (y eso que ya vivían en la ciudad). Ella fue lo que se llamaba una madre de leche (en Castelló: mare dida). Relata:“ yo siempre daba de mamar a tres o cuatro. En el pueblo las madres a las que se les cortaba la leche (por un susto, apunta) iban de una mujer a otra para que sus criaturas tomaran el pecho y no murieran”. “Teníamos hermanos de leche”, apunta mi madre, mientras yo reflexiono sobre lo que hemos perdido. "¿Y tenías leche para todos abuela?", pregunto sonriendo. “Pues claro, ¿no iba a tener?”, contesta rotunda devolviéndome la sonrisa: “Y tu hermana Sara, ¿aún está entera?”…

Hidden_Beauty_by_Windcharmer
Nosotras,
las que caímos tantas veces que creímos ver cromosomas nuestros en el suelo, las que nos acostumbramos a nadar con el asfalto por las rodillas sin reparar en los cascotes, las que nos despedimos del abismo con la esperanza de que fuera (por siempre) la última vez, las que estamos sanas porque nos supimos enfermas, las que nos agarramos a la última cuerda del penúltimo naufragio y logramos trepar, de nuevo, al bote salvavidas, a pesar de…
Nosotras,
las que acariciamos con vértigo la locura pero nos pusimos a salvo por los pelos...
¿Qué podremos darles a las vivas?
A las que no supieron antes del inmenso dolor de la llaga que cruje, a las que llegaron tarde repetidas veces a la silla de la malquerida, a las que no enfermaron nunca porque se necesitaban sanas, a las que no pidieron ayuda porque siempre estaban sujetándonos la cuerda…
¿Cómo ayudarles a resucitar?



