lunes, 25 de febrero de 2008

Falling in Love with Love




Entrar en la ciudad de J era muy fácil si una cumplía las tres condiciones exigidas: ser un tanto mona, algo culta y una buena adicta a los enamoramientos de película o literarios. J, sin ni siquiera haberte besado, entreabría la puerta y, si una no ponía pies en polvorosa, se colaba dentro con una facilidad increíble.
Lo mejor de la ciudad era que la mitad de las calles y los edificios vivían solamente en la propia imaginación. Así que J sin proponérselo habitaba simultáneamente ciudades y ciudades… La nuestra estaba delimitada por un delicado olor a talco (no muy apropiado para nuestra edad, pero que anticipaba una buena sesión de sexo) y un viril olor a apio que se colaba por todas las esquinas y era su modo “paternal” de pedir perdón. Normalmente el fuerte olor a sopa indicaba que la vez anterior “alguien” debió marcharse en seguida o antes de dormir porque J tenía una reunión inesperada “con tres o cuatro personas a la vez”, insistía, mientras se lavaba con jabón compulsivamente el rostro, borrando los restos de perfume que una había dejado a sabiendas por aquí o por allá.
La nuestra, mejor dicho la mía, era la ciudad más sabrosa que una enferma de literatura pueda imaginar: con aromas de naufragio y despecho; un ácido olorcito a tango porteño que acompañaba el efluvio del sudor del baile que nunca probamos en vertical; el sexo más salvaje que olía a talco, incienso y a vela de canela, y el más dulce que apestaba a lo mismo. La nuestra era la cuidad más sabrosa, hasta que las lágrimas me impidieron oler nada… y esto no pasó sólo una vez, sino otra y otra…
Salir de la cuidad de J era lo más difícil, porque cuando la ciudad se desmoronaba, las calles pendían de un hilo telefónico, las casas de un sms, las farolas de un e-mail… Una huía y huía cubriéndose la nariz y, paradójicamente, cada vez se adentraba más en el centro histórico -casco antiguo, como a J le gustaba decir- y es que lo del sexo y el aroma a talco era fácil, al igual que lo de las velas y el incienso; pero lo del apio, ahí estaba su principal virtud, cómo iba a olvidar una a un hombre de cuarenta años que sabía disculparse a la manera de nuestras abuelas, que en tiempos de paz o guerra todo lo arreglaban con un buen plato de sopa…

1 comentario:

Mónica González Caldeiro dijo...

Soy una fanática de los olores y las especias. Y siempre hecho apio en la sopa por consejo de mi madre (jaja).

Me gusta la escritura de la ciudad. Es un tema que me apetece volver a ejercitar últimamente. Es algo que me obsesiona, puede que por culpa de París.

Me encantan los hombres que van de aquí para allá, que siempre están ocupadísimos, que dejan los polvos a medias. Mantienen la emoción, hasta que los acabas odiando.