viernes, 14 de enero de 2011

Mi parto


Hace tiempo que quiero y no puedo escribir la historia de mi parto, lo estoy haciendo a mano como en los viejos tiempos, y en el mismo diario que escribí para Zambra durante el embarazo porque creo que este relato le pertenece por derecho propio. Llegar hasta aquí no ha sido fácil, muchos meses de trabajo interno han sido necesarios pero hoy las lágrimas me ahogan y creo necesario dejarlas fluir.

Mi parto son muchos partos, lo he analizado lógicamente, lo he revivido en lo oscuro, lo he soñado como pesadilla, como curación… mi parto son muchos partos porque yo soy muchos yoes y cada vez es uno el que recuerda. Si hay un momento en la vida de una mujer que puede provocar ambivalencia ese es el parto, el acto supremo de Creación para una mujer artista como soy yo.

Mi parto ha sido el momento más hermoso de mi vida y también el más duro, ha sido un parto natural y un parto medicalizado, ha sido lo más íntimo y lo más ultrajante. A veces creo que fueron dos partos en uno, a veces pienso que mil.

Todo empezó con un maravilloso encuentro sexual, unas horas después comenzaron los tres días íntimos de preparto en casa, en mi barrio, durmiendo cada 7 minutos entre contracción y contracción, sola cuando lo necesitaba y dulcemente acompañada. Zambra se había decidido salir y yo estaba preparada. Jamás me he sentido tan entera, tan capaz, tan tranquila, escuchaba la música escogida, me alimentaba, intentaba descansar y danzaba a la luz de las velas. El cuarto día las contracciones se hicieron más seguidas, eché a mi hermana y a mi madre de casa, y mi pareja y yo nos quedamos a solas él echando cabezaditas y apuntando contracciones, yo relajada, acompañando el dolor, agarrándome donde podía cuando llegaba una contracción y después dejándola ir. Tras seis horas, la última con contracciones cada 4 minutos, decidimos ir al hospital, que no estaba nada cerca nos vestimos con calma, una última foto y a por la maleta de Zambra que llevaba tres meses preparada porque la nena podía haber sido prematura, aunque llegó puntual a sólo tres días de la fecha de parto prevista.

Pasé las seis horas siguientes en la sala 5 de dilatación del hospital Sant Pau: música y ropa traídas de casa, mordedores, zumos y agua de extranjis, una vía con un tapón que me molestaba, los monitores que te dejan moverte puestos más de lo que hubiera querido, les pedía que me los quitaran y ellas que un ratito y otra vez, horas colgada de mi pareja, con dolor pero feliz, apoyada en un rincón gritando fuerte, moviéndome, intentando abstraerme dentro del dolor… mucho frío, demasiado (es la sala de dilatación con ducha pero está al lado del quirófano y tiene temperatuta fija de 18 grados, craso error), matronas que entran pero que no molestan demasiado, me niego a los tactos innecesarios varias veces, se respeta mi decisión de parto natural y mi plan de parto hasta las 7 de la mañana cuando les entran las prisas: llevaba seis horas allí y sólo había dilatado un centímetro más que en casa (total sólo 4 cm), según ellas la dilatación estaba parada y yo debía parir en x horas. Hablo e intento razonar con ellas, les pido esperar pero la cosa no mejora, un par de horas después al final accedo a romperme la bolsa, no me gustó el ir contra reloj, hacía tres horas que me insistían en la oxitocina y en la epidural, me sentía presionada y cansada. Las contracciones eran muy dolorosas de 120 pero seguía sin dilatar más, al final me pongo la walking epidural porque sé que si no no podré aguantar la oxitocina de la que ya no me libro, soporto muy mal al guasón del anestesista de turno diciéndome que ahora si que estaba a gustito que no sabía porque nos empeñábamos en sufrir, le miro fríamente y le digo que me ponga poco que no pienso estarme tumbada. Algo se me empieza a romper por dentro, cuando una llega a un parto medicalizado sin saber nada más igual está tranquila, cuando una lleva tiempo preparándose para un parto natural, conoce los riesgos de todo y está informada la cosa no es tan fácil, sabe que es posible que las cosas se compliquen. Dilaté el resto en 2 horas pero de ahí al expulsivo pasaron 5 horas más porque la niña no acababa de bajar, cosa normal.

En el momento del expulsivo me rompí dos veces, en un plano físico me perforó mi hija de un modo distinto al que hubiera querido, salió por el canal de parto, por dónde tenía que salir, pero no me dolió, no me partió en dos, a pesar de no estar paralizada y de poder empujar, no notaba las contracciones, es más, media hora antes de nacer Zambra me entró mucho sueño, casi me estaba durmiendo. Es tan triste para una mujer como yo, ver que el momento más importante de su vida está a punto de ocurrir y una está tan tranquila, no en trance y dolorida, como es natural, que es lo que te hace estar presente... el dolor te mantiene viva en ese momento, lo sabía antes del parto y lo supe entonces y lo eché en falta… es esa ausencia de dolor lo que intento sanar con las sesiones osteopáticas internas, ver que mi hija era la que salía y desterrar la imagen de que me la sacaban.

En un plano emocional me rompí también, hubo un momento en que no me sentí respetada, mi acto privado pasó a ser público, y yo que tanto había deseado intimidad me convertí en materia viva de una clase (algo que yo había pedido expresamente que no ocurriera en el plan de parto pero que no se respetó) y eso me dolió más que todo lo demás, más que la oxitocina, la epidural y las espátulas; casi tanto como la creencia errónea de haberle fallado a mi hija y a mí misma por no haber podido dar a luz con un parto natural. Hoy menos sensible que hace unos meses me doy cuenta de que por desgracia no todo depende de una, de que no era el lugar, ni el personal apropiado, de que no es tampoco todo culpa del hospital, de que este es un mal mayor, un mal social, global: es la ley de la oferta y la demanda, partos medicalizados para mujeres educadas en querer partos medicalizados, mujeres sometidas e instrumentalizadas que dan a luz a futuros cuidadanos también sometidos y que se convertirán en futuros instrumentos, algunas sabemos que hay demasiado poder en una mujer “salvaje”, en un parto natural… pero hay alguien más por ahí arriba, un hombre, que también lo sabe.

Aquel día me dolió parir enfadada, gritándole al ginecólogo una y otra vez que dejara de dar clase… me dolió la rabia… hoy sé que es mejor que parir resignada, me dolió sentirme impotente pero hablé y eso me dio potencia, me dolió que mi hija pasara a un plano paralelo en un momento crucial mientras me zurcían a 4 manos una cicatriz que no quedó muy bien y ha dejado sus secuelas, pero ahora sé que insulté y que mientras acariciaba con una mano,a mi hija puesta sobre el pecho, a gritos me defendí y que lo hice también por ella.

Si de algo puede estar orgullosa mi hija, aunque su parto no fue tan hermoso como yo hubiera querido, es de que su madre dio a luz protestando (como ha hecho siempre), quejándose por algo que consideraba injusto, reclamando los derechos de ambas, su madre dio a luz de una manera entera y consciente a pesar de la situación, aunque fue instrumentalizada no se convirtió en instrumento, tal vez aquella rabia era la única manera de afirmar que yo estaba todavía allí, que aquel parto era mío, mejor dicho, que aquel parto, a pesar de todo lo ocurrido, Zambra, era nuestro.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Y volver a reír


Cotton Club by Michael Ochs

Y volver a reír con las cosas más simples: admirar una a una las increíbles fotos de A Century of Jazz, enciclopedia visual realizada por Roy Carr con una buena selección de fotografías atípicas (una de esas joyas que una compra en el Mercat de Sant Antoni un domingo cualquiera por 5 euros); comer por la calle un delicioso pastel de frambuesa de la pastelería Serra y chuparme los dedos de manera obsesiva; escudriñar desde el escaparate el interior de cada mercería de l’Eixample (lo reconozco buscaba medias de liguero para mi colección) porque sé que en ellas las señoras intercambian sus vidas a la vez que comparan botones; sentirme de nuevo la puta del gánster, y más ahora que a mi maromo ya no le falta ni el sombrero (broad chalk-stripe incluida) cuyo lazo americano he aprendido a hacer gracias a internet, lo mismo que el nudo Windsor de la corbata blanca…

Creo que hoy anduve, por primera vez en muchos días, media hora por la calle sin ningún pinchazo, despegué las manos juntitas de abuela (que son geniales para suavizar dolores y te permiten atropellar al resto de peatones) y dejé que los brazos ondularan libremente a su gusto. Ahora, para intentar paliar tanto atrevimiento y antes de hacer mi aburrida tabla de ejercicios de rehabilitación escuchando a Maceo Parker, he decidido obedecer a mi ergodinámico y ponerme un libro debajo de la nalga izquierda para nivelar la espalda al escribir (el sueño de toda adicta a la literatura); lo único malo es que perdí un buen rato eligiéndolo, al final un libro de textos selectos de Oliverio Girondo, de edición barata, que me trajo de Buenos Aires hace unos años aquel viejo amigo que solía robar libros para mí.

Three Deuces



“Song is the wind time of memory”

James Maher

Tal vez estoy en 1944. Paseo por una calle que supongo que es La Calle. No lo sé por las luces de los clubs, ni por la gente que corre alborotada de uno a otro. Lo sé por el viento. El viento que sale arrasador de una de las siete puertas. El viento que compite con otros vientos. El viento que no tiene rival y que me llama como si fuera el mismo flautista de Hamelin. El viento de Bird.

Suena de fondo Groovin High. Tal vez estoy en 1944. Distingo ahora la trompeta de Guillespie. Duelo de vientos dirigiendo mis pasos autómatas hacia el Three deuces. Entro y oigo humo, veo humo, inhalo humo. Un humo denso y espeso que rodea los pocos focos que apuntan al quinteto. Una pequeña plataforma. Los músicos amontonados. La sala llena de rostros. Intento buscar un asiento vacío. Un lugar donde incorporarme al cuerpo de la multitud que me engulle. Llevo mi saxofón conmigo y es mi único pasaporte. Un saxo alto y una dosis. Tiemblo. Creo como Bird que uno entra en casa cuando tiene una aguja clavada en el brazo.

Hace un par de años que emulo sus solos. Quiero tocar como Bird. Ser como Bird. Tal vez estoy en 1944. El mundo está en guerra. Los muchachos al otro lado del atlántico bailan swing a escondidas. La palabra jazz está prohibida por los nazis. Aquí el jazz es ahora bop. Busca aires nuevos. Como todos los franceses y alemanes que bailan en nombre de la libertad. Como todos los boppers que escuchamos discos para escapar de la miseria. Como ella que ahora entra en la sala y deja salir su viento de tristeza con Strange Fruit. El silencio es nuestra forma de respeto a Lady Day. Callamos todos.

Estreno traje negro. Camisa blanca, sombrero nuevo. Todo lo que la mayoría blanca puede permitirse. Lo que les está prohibido a los que llaman “gente de color”. Tal vez estoy en 1944 y aún reina el infierno de la segregación. Pero el jazz no es así. El jazz es furia, viento. El viento que agita los manteles blancos y rojos al ritmo de las palmas de todas las manos. El que mueve el humo de todos los cigarros. Está prohibido el Lindy hop, han cerrado el Savoy y ya no se nos permite bailar juntos. Pero soñar juntos sí. Hacer el amor juntos sí. Morirse juntos fumando marihuana y escuchando Koko o Billie’s Bounce de Bird. Eso no pueden evitarlo.

Tal vez estoy en 1944 y soy un hombre blanco adicto a la heroína. Tal vez trabajo en una oficina y soy un abnegado padre de familia. Tal vez de noche me gusta volar. Venir al Three Deuces normalmente solo. Ganarme mi espacio entre el humo y la multitud de sombreros. Acariciar con la vista a alguna chica nueva. Mirar la sonrisa traviesa de Bird, las enormes mejillas de Dizzy y soñar, soñar por última vez, por si mañana muero, que suena un saxofón increíble y que, cuando sopla el viento, yo soy negro.

Apéndice- Three Deuces.

Bird. Bombillas blancas en la puerta. Mínimo un saxo alto y uno tenor. 1944. Calle 52 ¿Miles Davis? 18 años. Humo. Marihuana. Heroína. Mujeres. Flores en el pelo. Whisky solo. Ron. Focos rojos o azules. Luz escasa. Humo de nuevo. Mucho. Lady Day. Lágrimas. Risas. Guillespie. Una boina y unas gafas negras de pasta. Viento. Viento negro. Jazz. Be bop.

martes, 17 de febrero de 2009

Zapatos rojos



Ilustración de Renee Michelle

Ya estoy algo mejor, como una niña con zapatos nuevos, por supuesto rojos... pronto espero danzar y danzar sin parar...

jueves, 12 de febrero de 2009

DOLOR-LLUVIA

DOLOR-FLOR


dolor flor

Podría parecer hermoso el dolor si no doliera, si no fuera real. Pero mi dolor duele tanto que a veces lo convierto en flor para olvidarlo (o para darle coba a ver si es él el que me olvida). Por las tardes lo engaño viendo una tras otra películas en versión original, sólo para negar que es como un cuchillo cabrón, que hace que me tiemblen las mandíbulas y se me salten las lágrimas.

A veces, cintas de tape estratégicamente colocadas en mi torso y las piernas pretenden mitigarlo, pero él se revuelve gusano, las devora, las sobrepasa. No puedo escribir porque no aguanto más de 15 minutos sentada frente el ordenador, las ideas que vinieron desde Roma permanecen congeladas esperando a que mi siempre enroscada serpiente blanca les dé permiso para aparecer. La moleskine y la grabadora de voz están arrinconadas… ¿Cómo crear desde el dolor cuando la esperanza pasea en el vacío? ¿Dónde la fuente de la inspiración cuando una daría la vida por bailar dos minutos aunque fuera un "agarradito"?

Hoy el ergodinámico (en tono ceremonioso, casi místico) me dijo que mi "señora escoliosis" da permiso a los cambios sólo cuando a ella le viene en gana y que hemos de adecuarnos a su ritmo. En ese momento, a pesar de llevar 30 días semi postrada en casa por el dolor de esta ciática, no pude menos que sonreír y admitir que tengo una columna muy "retorcida" y suya, con un buen par de ovarios... un poco como yo.

domingo, 8 de febrero de 2009

viernes, 30 de enero de 2009

Fontana delle Tartarughe



Como cada noche Noema se acercaba reptando a su cita. Y digo reptando en honor a su afición a las serpientes, y no cojeando en honor a la verdad. Como cada noche Noema se calzaba el sombrero negro de fieltro en la cabeza y se olvidaba del vaivén poco afortunado de sus caderas en los días en que la coja del paraíso volvía a instalarse en su nervio ciático o danzaba alrededor de su rótula.

Como cada noche Bronce la esperaba inmóvil, callado, incapaz de librarse del agua que Giacomo della Porta había querido -hace cinco siglos- que le lloviera encima. Como cada noche Bronce desistía que la maldita tortuga entrara en el tazón y aguardaba a su dama, excitado, manierista, totalmente fuera de quicio.

Ella pasó por delante de la Fontana dei Fiumi, y saludó a Ganges, aquel mozalbete de Bernini con el que había compartido tan buenos momentos en el pasado, cuando entre las cualidades de su hombre ideal primaban la estabilidad y el mármol. Ganges la miró con reserva y retorció un poco más su cuerpo barroco de efebo blanco, enfurecido y celoso.

Como cada noche Noema serpenteó por las calles del barrio judío y se dirigió dando un rodeo -imprescindible perderse- a la Piazza Mattei. Como cada noche miró los ríos que surcaban el torso húmedo de Bronce, metió la mano en la boca del delfín y notó un suave cosquilleo en el estómago. Bronce esbozó una sonrisa cómplice, así como estaba, pati-abierto, dispuesto a todo. Como cada noche Noema apagó de una pedrada la única farola naranja y se oyeron música y suspiros. Ah, se me olvidaba, en Roma casi nunca suena jazz…

domingo, 25 de enero de 2009

Paseante nocturna




En la ciudad eterna, envuelta en brumas, abrazando la historia, diluída entre piedras y columnas, mimetizada con un paisaje urbano que da vértigo de tanta belleza. En la ciudad eterna, buscando el claroscuro que da color a la vida, enamorándome de las estatuas, hablando en verso. Sobre los negros adoquines, bajo las luces solitarias de farolas naranjas, mi alma (etrusca, romana, renacentista, barroca), mi alma vieja (las que me conocéis bien sabréis por qué lo digo) busca el agua purificadora que brota incesante de cada una de sus fuentes.

domingo, 4 de enero de 2009

Envuelta en plumas





Empecé el año envuelta en plumas. Era un traje negro de raso, de corte retro, sencillo, a excepción de una borla de plumas negras que estaba cosida a su bajo. Llevaba sobre él un corpiño también negro, de pasamanería, muy fino y con corchetes, una delicia… No es que fuera a ninguna fiesta de gala, es que yo estaba de gala, por dentro y por fuera, y aunque suene raro en mi perfeccionismo, llena de un montón de des-propósitos para el 2009.



Ayer me enteré, vía la anfitriona de la cena, que uno de los invitados le había preguntado si yo (la del vestido de plumas) era una persona normal. Fue el mismo día en que una antigua compañera de piso mexicana, muy querida por cierto, me dijo que la nostalgia le ha llevado a encontrar a otra compañera como yo (palabras de ella): poeta, que se levanta con las pilas puestas preparada para una conversación profunda sin apenas desayunar (mueca de "Dios me libre"), se muestra extraña -incluso desaparecida dentro de la casa- o antisocial cuando escribe durante varios días seguidos (mueca de "yo existo"), y que a las ocho de la noche de un día cualquiera ya está con su “albornoz azul” (mueca irónica de "vaya fiestón", mezclada con sonrisa de ternura), dispuesta a sumergirse en el silencio de la lectura o la escritura…

Empecé el año dispuesta a recuperar una a una todas mis máscaras, a volver a mis viajes literarios (en dos semanas parto para Roma), a subirme de nuevo a los escenarios (incluido el de tu estudio, Maga de mi vida), a aullar (en inglés o en castellano, Tinker Bell tú mandas), a volar a Paris, a Santiago o a Venecia de nuevo, a bohemiar (sola solísima o en compañía de mis musas), a mimar a Lilith


sábado, 13 de diciembre de 2008

Porque todo vuelve... José Hierro



Supongo que no te entendieron siempre, corredor de fondo de esta carrera sin retorno que es la poesía. Supongo que les molestaron tus paradas de años, tus estacionamientos indebidos, tu comodidad de conductor que se detiene a su gusto y observa, como fotógrafo de lo cotidiano, desde la cuneta. Supongo que por tu adoración por los clásicos y por hacer la revolución del verbo desde "el amor al verbo", no te consideraron innovador y te apartaron de un zarpazo de Las ínsulas extrañas. Supongo que por ello te homenajearon tarde, al borde de la muerte, cuando ya planeaban la sombra del enfisema, las luces de la meta. Hay tal vez una historia paralela: la del poeta leído y releído que se transmite de generación en generación; la de las salas llenas de jóvenes y viejos ("arrejuntados", apretujados, salvados por las mismas emociones); la de tus pinceles, tus libros dedicados con dibujos, tus plumillas; la de tus lágrimas, porque nunca dejaste de llorar, para delicia nuestra porque no eran de mentira; la del campeón de suma y sigue recitando amarrado a su última tabla: la bombona de oxígeno; la del Hombre en mayúsculas que se sabe cómplice de la realidad; la del pirata bueno octogenario que moría corrigiendo, imaginando versos…

Supongo que les quedaba grande la sencillez…


EL MUERTO

Aquel que ha sentido una vez en sus manos temblar la alegría
no podrá morir nunca.

Yo lo veo muy claro en mi noche completa.
Me costó muchos siglos de muerte poder comprenderlo,
muchos siglos de olvido y de sombra constante,
muchos siglos de darle mi cuerpo extinguido
a la yerba que encima de mí balancea su fresca verdura.
Ahora el aire, allá arriba, más alto que el suelo que pisan los vivos
será azul. Temblará estremecido, rompiéndose,
desgarrado su vidrio oloroso por claras campanas,
por el curvo volar de gorriones,
por las flores doradas y blancas de esencias frutales.
(Yo una vez hice un ramo con ellas.
Puede ser que después arrojara las flores al agua,
puede ser que le diera las flores a un niño pequeño,
que llenara de flores alguna cabeza que ya no recuerdo,
que a mi madre llevara las flores;
yo querría poner primavera en sus manos.)

¡Será ya primavera allá arriba!
Pero yo que he sentido una vez en mis manos temblar la alegría
no podré morir nunca.
Pero yo que he tocado una vez las agudas agujas del pino
no podré morir nunca.
Morirán los que nunca jamás sorprendieron
aquel vago pasar de la loca alegría.
Pero yo que he tenido su tibia hermosura en mis manos
no podré morir nunca.

Aunque muera mi cuerpo, y no quede memoria de mí.



José Hierro

A una semana del aniversario de tu muerte, gracias de nuevo por la vida

domingo, 30 de noviembre de 2008

Bolsa de agua caliente



A María Alicia G. que acaba de mandarme un poema inspirado en Hedonia desde Buenos Aires, que forma parte de su último libro, gracias mujer hermosa por alegrarme el día y pasear Hedonia por tu ciudad.


A veces una necesita una buena bolsa de agua caliente, especialmente si su compañero de vida y lecho anda de bolos y dicen por la tele (¿por qué vería yo al hombre del tiempo?) que hay una nueva ola de frío polar. A veces, una necesita una buena bolsa de agua caliente que pegarse a los riñones cuando, por avatares de la vida, no está la espalda conocida o el dueño del abrazo mata-insomnios. Otras, como ayer por la noche, después de meterme con mi hombre y la bolsa en la cama, compruebo que el objeto -de golpe innecesario, hasta molesto- permite regresiones al pasado… Hubo, hace mucho tiempo, una bolsa de cuadros rojos que perteneció a mi abuela andaluza- mujer de palmito trenzado en verano y bolsa caliente en invierno, con la que yo de niña adoraba dormir-, después vino Bugs Bunny (Martita la tuya era Silvestre), una muñeca con mi nombre (que no daba calor pero sí reconforte), un gran amor, amantes hermosísimos y efímeros, un bebé negro con alas de plástico, amantes-personaje que duraron toda una eternidad... He soñado algo extraño: con un nuevo programa buscaba a uno de ellos en el ordenador (a mí lado su novia oficial de entonces, mi compañera en el periplo) y obtenía toda la información privilegiada de su vida amorosa. Tuve miedo en el sueño (celosa de mi intimidad) de que alguien pudiera hacer lo mismo con la mía y me pregunté por qué ella y yo, después de tanto tiempo y tanto “amor-odio” mutuo, al ver los resultados teníamos la misma reacción: hastío, indiferencia. Hubo un tiempo en que me gustaba muchísimo dormir sola y las bolsas de agua caliente andaban de paso.

jueves, 27 de noviembre de 2008

Ando lejos (poema improvisado)



ando lejos



camino a tientas

alargando

las manos sin orilla

de bata azul (sucedáneo de pijama)

cinto ceñido de samurái-maruja

color negro




ando lejos

tan margen

que vendí

sarcástica (hasta fría)

el horizonte

por un halo de vida

condensada

dejándote tirada en una mueca

después de tantos años de arrastrarte

por losa o por petate



tengo sobre la falda

G. D. poesía española

antología

edición de mi padre

libro viejo

precio en lápiz de pocas pesetas

le fleurs du mal

sed non satiata

nunca nunca nunca

Hypocrite lecteur

mon semblable

number 4 city lights

howl

A. G.

tapa dura

llegado en vientre amigo

desde San Francisco



Libromancia:

“quiero lo transparente,

también las sombras quiero,

transparentes y alegres"


domingo, 23 de noviembre de 2008

literatura




Tal vez desde que abandonaste corazas y algodones es más difícil la literatura. Tal vez desde que te escuchaste en el más ruidoso de los silencios y decidiste asesinar tu ego para poder llevar una conversación, tranquila y sin interrupciones, con los sueños de tus pies alados es más difícil la literatura. Tal vez desde que viste la cara interna de la máscara - así sin cubre-ojeras y de madrugada - es más difícil la literatura. Tal vez desde que vives y desde que amas sin que las letras vayan por delante es más difícil la literatura. Tal vez desde que es más difícil, ella, la condenada, se mete en todas partes: bolsillos, huecos entre los dedos, tarjetas, calendarios... como una enfermedad que se acomoda a la escala de blues.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Monday morning




"Chorus Girl Hope Chandler, 16, in Dressing Room Backstage at the Paradise Cabaret Restaurant" by Peter Stackpole




A veces como un escalofrío, sin explicación propia porque una ha pasado el fin de semana en el paraíso...
a veces la nausea, la lágrima puñal en medio de la frente, el vacío sumun, la obsesión inolvidada, el no saber por dónde empezar, los dos caminos, la ternura de ver en el sueño la salvación y sin embargo permanecer despierta, sentarse ante el teclado, vomitar, vomitar el aire que sobra, la esperanza perdida, saber que todo es tan simple como cerrar el rebosante cajón de los calcetines, y aún así pasar de largo, seguir el camino a la cocina, fregar los platos con Diane o Sarah o Carmen, Billie hoy no porque podría ser grave…
quiero cambiar de nombre, profesión, raza, religión (si es que la tengo)…
quiero ser yo: la novia-puta del gánster.

domingo, 26 de octubre de 2008

Thanks for nothing

To Mónica and Maga Despistada by John Giorno:




"There are no rules for poets"



"Poetry is about the wisdom of life"


"Rap is a poetic form"


"Poets never get paid, so we all have a lot of freedom"


"Poets have to be fearless"


jueves, 23 de octubre de 2008

My Favorite Things



El secreto de la comunicación...

Para profundizar leer: Friego los platos con Bill Evans

viernes, 17 de octubre de 2008

La loba




Presentación de Hedonia en la librería la Fuga de Sevilla




“La risa en los labios,
la noche en el pelo...”

Marifé de Triana


Comenzó a aullar. A medida que la luna se compadecía de ella, que se proyectaba en su cara desencajada, como el reflector que busca hambriento al asesino, sus alaridos desafinados sonaron menos terribles y se convirtieron en simples gemidos entrecortados. La situación había vuelto a repetirse. A las doce en punto, como en todas las noches de plenilunio, había desnudado sus pechos - que oscilaban sedientos en el aire, insultando a la gravedad - y había vuelto a convertirse en loba. El milagro – los milagros no son para siempre, era consciente – sólo había durado, como las otras veces, veinte minutos. Los suficientes para besar a un hombre y reírse de él. Asqueada de su acción, arqueaba su espalda hacia delante, a la vez que echaba la cabeza hacia atrás e intentaba, con desesperación, deshacerse de las botas rojas y sus malditas cremalleras. “La loba ¡Vaya una fama! No callarse ¿Qué más da?”... En medio del inhóspito bosque, se encontraba desprotegida sin su sombrero negro de Madame M, sin su abrigo negro de terciopelo, sin sus gafas negras de miope... ¡Qué le importaba a ella la vida, el ser una perfecta hembra cabría, si a su alrededor todas las cosas rodaban cuesta abajo, si los movimientos respiratorios de su pecho eran su propia piedra de Sísifo en eterno ascenso! “Demasiadas canciones”, pensó, “demasiados recuerdos”. Su suerte se escribía sola. Mantis religiosa insaciable, llevaba siglos abandonando hombres. Su sino estaba claro: ser la carta número doce de la baraja, ahorcarlos a todos... Hoy, de nuevo, alguien la llamó por su nombre:“La belleza está triste, qué tendrá la belleza”. La loba se giró y le besó en la boca arrancando, por trofeo, todos y cada uno de sus dientes, produciendo un sonido escabroso al cerrar las mandíbulas, masticando con dificultad sensaciones absurdas como el sabor de un nuevo amor o un viejo desengaño. Esta vez le sobraron dos minutos, los suficientes para que su risa histérica recorriera el mundo y la noche, su cómplice en la caza, le acariciara el pelo.


Pd:Texto perteneciente al libro Hedonia autoeditado conjuntamente con Joan Fernàndez en el año 2006 y publicado por elguantenegro.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Un cos de la nit



Feminine Landscape



Un cos de la nit[1]

1

– No sé – respondo, con cierta indiferencia, a la dañina frase de Roger – , la verdad es que no creo que la soledad me asegure nada, más bien... – estoy dispuesta a contraatacar para defenderme cuando reparo en lo ridículo de la situación. Roger se comporta como un animal herido, se mueve a golpes rápidos y es incapaz de clavar las pupilas. Los ojos grises, que tanto me gustaban, están ahora tremendamente confundidos. Sus manos dan vueltas de un modo compulsivo a los calzoncillos amarillos de algodón a cuadritos que, dados sus treinta y pico, intuyo son una última compra materna. Uno de los calcetines no aparece, por lo que se pone el zapato izquierdo sobre el pie descalzo. La camiseta azul marino, que hace varias horas tuve que arrancarle dada su timidez, es introducida en un gesto reflejo infantil dentro de los pantalones. Ni siquiera se da cuenta del error, de que la camiseta hace más de quince años que no ocupa este lugar. Son las cuatro de la mañana y es demasiado tarde para que echen a la calle a cualquiera. Pero esta noche yo...
– Lo siento, ya sabes que estoy pasando un mal momento– digo poniendo cara de pena e intentando suavizar las cosas. – De verdad, siento que tengas que marcharte a estas horas... es mi maldito insomnio... no te dejaría dormir nada, y visto así... – Clava en mis ojos una mirada de compasión y sé que he elegido la estrategia errónea. Hay gente que siente una ternura incomprensible hacia los seres desesperados. Estoy empezando a parecer desesperada y Roger es uno de esos tipos de los que es imposible librarse cuando una les despierta el mecanismo de la ayuda. Intuyo que es demasiado tarde para mostrar otra cara...
– No et preocupis, ho entenc[2] – dice recuperando la lengua materna, mientras escarba entre los objetos de la mesita en busca de su tabaco de liar.
– Creo que lo dejaste fuera – respondo sin levantar el culo de el colchón. Sé que es lo más adecuado en estos momentos: acelerar la despedida. Dejar que quien sea se esfume lo más rápido posible, olvidarlo todo e intentar dormir.
– Ah, gràcies[3] – dice Roger mientras desaparece por la puerta de la habitación. Tarda en volver aproximadamente diez segundos que, dada mi hiperactividad mental, se hacen eternos. Al quedarme sola empiezo a analizar, compulsivamente, todos y cada uno de los hechos de la noche anterior intentando buscar el inicio del fin. La cena, la visita a la galería, el paseo... Y yo que pensaba que con alguien como Roger las cosas serían diferentes. Pues nada, lo mismo de siempre.



(continuará)




[1] Un cuerpo de la noche
[2] No te preocupes, lo entiendo
[3] Gracias






jueves, 2 de octubre de 2008

Me llamo Sofian



Jaques Beaumont - Meres Et Enfants

Me llamo Sofian, nací en Zir-zir y hoy a los 14 años, una vez cumplida la mayoría de edad, emprendo el viaje. Nacer en Zir-zir es decir irse, es decir amarrarse a las faldas de tu madre, disfrutar de ser niño mientras ella se aguanta la pena, no conocer padre alguno y, como tantos otros, volar.
Zir-zir no es pequeña ni grande, es simplemente Zir-zir: una ciudad escuela donde aprender lo necesario para el viaje. Una ciudad espejo, donde las mujeres se miran para recordar que existen y los hombres - mejor dicho hombres-niños - apoyan sus manos antes de decir la última palabra. Una ciudad calambre, donde la pena es un río subterráneo, a pesar de ser terreno de secano, y el hambre es hambre y no es broma. Una ciudad puñal, porque las niñas se lo pasan jugando, quitándoselo de las manos, y las madres lo llevan clavado entre las cejas para no llorar más.
Me llamo Sofian, tengo 14 años y nací en Zir-zir, una ciudad de África, donde tú nunca irás.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Aquí cabe todo



"Porque hoy no encuentro mayor metáfora que la vida"


¿Quién sabe dónde comienza la raíz de su temprano desarraigo? ¿Qué aldea, río, casa o similar los ha visto migrar con apenas diez años? ¿Qué abuelos, padres, madres, amigos o hermanos han dejado atrás a un golpe de cabina o locutorio - que hoy en día es la casa de dios? ¿Qué familiares o conocidos han perdido entre hambrunas, inundaciones, mafias, desiertos o pateras? ¿Qué dolor tan fuerte arrastran y qué alegría y empeño le ponen a sobre-vivir?

Los veo cada día sonrientes, algunos sin libros, sin libretas, sin abrazos, con madres que trabajan tantas horas… Los veo sin idioma en intervalos, sin patria, sin aromas, aprendiendo lo dura que es Europa, abrazando con fuerza sus orígenes, poniéndolos con tiza en la pizarra… La música me los llevó de vuelta, aflojaron los pies y hasta bailaron, sentad@s en sus sillas catalanas… En mi clase, hoy y siempre, cabe todo... del raï al reggaeton.

Pd: sirva de homenaje a mis nuev@s alumn@s de este año venidos de lugares tan dispares como: Rusia, Chile, Bolivia, Ecuador, Bangladesh, Marruecos, Argelia, China, Cuba, República Dominicana, Polonia, etc.

sábado, 27 de septiembre de 2008

Reconciliándome



Yo siempre fui mujer de otoño, nariz de lluvia pegada a la ventana, calles de lluvia sin paraguas, paraguas abiertos a deshora y hojas caducas. Yo siempre fui tronco desnudo delante del espejo, confidente de un sol en retirada que chochea en sus últimos destellos, con la resignación sensata de lo viejo, del reloj que adelanta.



Yo siempre fui mujer de otoño. Dadme un hombre y una estación del año. Dádmelo a él y yo saciada. Dadme el ansiado descenso a los infiernos, amor correspondido entre fogones, jazz -siempre jazz, porque Autumn Leaves ¡Qué coño!- y Vida (o vida-muerte, ya lo sé).



Lo admito, yo siempre fui mujer de otoño, loba de manada de dos, no busco conclusiones ni promesas, tampoco busco historias que contarme, me explotan cada día en las narices, las miro, las retengo, desdibujo, mezclo en la batidora...




¿yo?




poeta

sábado, 13 de septiembre de 2008

CONSEJOS VARIOS PARA UNA NOCHE DE PELÍCULA




“Roxanne
You don't have to put on the red light[1]
THE POLICE

Queridísimo Adán,
adiéstrame (si puedes).
Haz gemir las esquinas de este saxo tenor.
Ponte las esposas de fieltro
que compré para ti.
Te espero en la doble puerta del infierno,
con todas las luces encendidas.
Estoy dispuesta a quitarme las alas a la vez que el vestido.

Baja, nota a nota, tu escala jazzística
por mi espalda de humo,
abandónate pagano al sí bemol,
agarra el quejumbroso saxo soprano
y toca otra vez,
toca otra vez Roxanne.

Recuerdo una película. Ella fumaba.
"Play it, Sam. Play 'As Time Goes By."
[2]
Tócala Sam.
Hunde de nuevo tu boca
demoníaca en mi vientre,
llena el saxofón de los fluidos transparentes
que decoran tu barbilla,
engánchate a la dureza desafiante del pezón,
acaricia el falo amarillo
y toca otra vez,
toca otra vez Roxanne.
Tócala Sam. Tócate Sam.
"You played it for her, you can play it for me...
If she can stand it, I can! Play it!"
[3]
Toca otra vez.
Quiero morir de placer.
“Roxanne
You don't have to put on the red light”.


[1] “Roxanne, no tienes que encender la luz roja”.
[2] "Tócala, Sam. Toca 'El tiempo pasará". Ilsa (Ingrid BergmanI) en Casablanca de Michael Curtiz,, 1943.
[3] “La tocaste para ella, tócala para mí... Si ella lo resistió, yo también. Tócala”. Rick (Humphrey Bogart) en Casablanca.

(Ayer vi un documental sobre Coltrane y hoy me apetece rescatar este poema de las profundidades de mi blog, pertenece también a La espalda de Lilith)


jueves, 11 de septiembre de 2008

Volvamos a la irrealidad


negrescolor

Nunca supe, creo que tampoco he querido, caminar al lado de la vida como si ésta no fuera conmigo. Mis padres no me educaron para pasar de largo, ni en la resignación. Así que siempre que comienzo una etapa nueva, en mi día a día hay revoluciones y en mis pensamientos batallas o sucedáneos. Emprendo de nuevo mi tarea de docente y me absorbe por completo, y no hablo aquí de la materia que enseñaré, sino de la vida que rodea a miles de personitas que como yo son profesores de secundaria en la enseñanza pública.

Este año vuelvo a estar en un barrio marginal y mi instituto es el único público del barrio, mis alumnos serán en su mayoría: hij@s de familias obreras, con poca formación intelectual (que no de vida); hij@s de migrantes de clase baja de muchos países diferentes, pobres en recursos y algunos, por desgracia de las circunstancias, en cariño; hij@s de familias desestructuradas con problemas de drogas, sida, cárcel, clandestinidad y me temo que también de hambre…

La lista de mi tutoría es muy difícil de pronunciar (pero ensayaré), veo que en el centro ha habido algún caso de acoso y que hay varios chavales bastante conflictivos, ya fichados por la policía, ¿carne de talego antes de los 12?…

Y es una pena pero ésta es una parte de la realidad, ésta es mi pequeña lucha política, y ésta es la vida que de nuevo me duele… ¡Va a hacer falta mucho amor!

Un compañero me dijo ayer que si sólo estuviera en la enseñanza por los contenidos, por la materia, estaría quemadísimo y lo dejaría todo, que él seguía creyendo en todo lo demás, en "educar"…

Nada amores, vaya rollo, pero es que andaba yo sumida desde hace dos semanas en mi nueva realidad, y de pronto me ha llegado un mail de negrescolor que me invita a acariciar juntos esa bola que llamamos arte y he leído un par de entradas hermosas en el blog de la Maga y he vuelto por unos instantes a mi fantástica "irrealidad", y a esta (mi/vuestra) casa ¡Qué gustazo!

jueves, 4 de septiembre de 2008

Pre-texto



Bar-Du-Soleil-1961 by Henry Clarke


Conocí a Helena en el metro, concretamente en Miles Davis Station, lo cual sería algo a celebrar, si no fuera porque ella había quedado allí con Peter, mi Peter, y en principio no era más que otra mujer que añadir a la lista de lo que él llamaba sus “putitas ocasionales”. De qué coño hacía yo, una mujer culta ya bien entrada en los cuarenta, con un cabrón misógino como Peter –aparte de joderme la vida- os hablaré en otro momento. Ahora quiero remitirme a la escena.

Allí estaba él, en la plaza central, con su pelo canoso e impecablemente vestido, haciendo sonar la trompeta y tocando So what. Se notaba a la legua que no era un músico del metro sino un intelectual, la computadora tirada en el suelo y un buen par de libros lo delataban. A su alrededor un montón de jovencitas, atraídas por esa magia brutal que desprende Peter y que tan bien conozco, y al fondo – como si la escena no fuera con ella: Helena, con un sombrero negro de bombín a lo Sabina. Con el mismo tipo de sombrero, con el que yo me había presentado a la primera cita con el que hoy era mi marido hace ya 20 años. Otra literata pensé. Y a este cabrón todavía le funciona el truco.

Helena era más bien alta y terriblemente delgada, su aspecto era desvalido y frágil, aunque ella intentara ocultarlo tras sus tacones de aguja, sus medias de rejilla y una marcada línea de Kohl. Miraba a su alrededor con aire distinguido, como si las cosas triviales no fueran con ella. Se acercó al músico y Peter desafinó una nota. Un paso de nuevo y una nota perdida más. Otra jovencita atormentada deseosa de convertir su vida en novela, pensé. Otra creadora innata, me dije a mí misma, y Peter, el pre-texto.

sábado, 30 de agosto de 2008

LA CANCIÓN DE MITSOS (guerrero universal entre el caos y la flecha, aquél que jamás corta sus cabellos)




(Poema rescatado de mi poemario La espalda de Lilith)

" 'Tis some visiter," I muttered, "tapping at my chamber door -
Only this, and nothing more."[1]

EDGAR ALLAN POE



No hay gaviotas en Venecia sino cuervos.
Dimitris (antes llamado Mitsos)
pasea su gabardina
de piel negra
por los canales desconchados.

Quoth the Raven “Nevermore”
[2]

Pianista de heavy metal,
guerrero universal de la autodestrucción,
devorador insomne de cigarrillos,
sus cabellos eternos desafían al viento,
se enredan en mi vientre y me ahogan.
“No hay historia de amor en Venecia
sin ángel caído.”

Debajo de un puente gris - el más triste
de todos -, sobre una alfombra húmeda
de baldosas cuadriculadas,
Dimitris empotra contra la pared
el trasero blanco de Noema (la mujer
en que me convertí tras peluca).

Terriblemente bello,
el ángel griego de las sombras
arranca con sus pálidos dedos las alas
de mi espalda.
Dejo que sangren las heridas de otros...

Cientos de guerreros medievales
(escapados de un libro de ciencia ficción)
siguen al antihéroe por el barro.
Están llenos de muerte,
como yo, como él.

Quoth the Raven “Nevermore”.

Colombina medieval, cortesana de cabellos
rubios y pezones ampliamente decorados,
dejo que el Cuervo me flagele
y me ame
porque, perdido todo ya
y ante la muerte:
Nothing Else Matters[3].

La canción de Metallica
precipita el diluvio.
“Te espero en la oscuridad de mi cuarto,
sólo eso y nada más”.


Quoth the Raven “Nevermore"

La memoria demoníaca trabaja como un sarpullido
en la conciencia,
los caminantes me reconocen por la Ciega,
oigo un nombre: Avalón
y me desnudo,
cien guerreros hacen sonar sus armas,
Dimitris comienza a penetrarme,
me lleva por el sexo al Ponte dei Sospiri...
allí donde veían los antiguos condenados
el último rayo de sol,
allí donde debe partir sin más
el último vaporetto hasta la muerte...

nuestro último vaporetto
hasta la muerte.


[1] “Será algún visitante - musité – llamando a la puerta de mi cuarto, / sólo eso y nada más”
[2] “Dijo el cuervo: “Nunca más”.”
[3] “Ya nada importa”.

martes, 26 de agosto de 2008

El sueño de Endimión o la per-versión de Diana


negrescolor (ilustración creada tras la lectura del cuento)

"No es fácil ser casta en los tiempos que corren”, se repitió Diana a la vez que azuzaba la vista para disfrutar de la salvaje turgencia de las nalgas de Endimión. “No es nada fácil”, volvió a decir la hija de Latona, mientras se pellizcaba el pezón derecho (el menos sensible) para cortar en seco este monodiálogo autodestructivo que la estaba distrayendo de su ritual ‘voyeurista’ diario. Sentada a caballo del radiador, a media potencia, la triforme se había presentado esta noche bajo el cuerpo de Hécate, recién salido del infierno. Andaba completamente desnuda, a excepción de una borla de plumas rojas y negras de cabaretera, regalo de una vieja folklórica, cuyo vértice inferior dejaba deslizarse entre sus piernas y unas sandalias doradas de tacón finísimo, dignas de toda una diosa como ella. Observó el sueño apacible de Endimión, la contracción de sus costillas, los marcados músculos- ahora relajados- de la espalda, la dureza de los muslos, que nunca se atrevería a tocar ; imaginó su sexo rígido y notó cómo su respiración se aceleraba bruscamente. “Tengo dos opciones”, se dijo, “el ataque de pánico o el orgasmo”. Decidiéndose por esta última, encendió un cigarrillo ; avivó la potencia del radiador, que empezaba a dejar unas ligeras marcas rojas en sus ingles ; volvió a fijar sus ojos en los cabellos negros del varón ; aspiró su aroma...

“Los tiempos ya no son lo que eran”, se repitió Diana, Delia esta noche, a la vez que descansaba su arco sobre el suelo y se masajeaba el pecho izquierdo para aliviar el dolor de los golpes de la cinta portadora. Su hermoso disfraz de cazadora romana se había reducido considerablemente con los siglos. La túnica, las sandalias, el carcaj o la media luna de la frente se habían convertido (tuvo la culpa el siglo XIX y su posterior afición al fetichismo) en un collar de perra negro -tamaño cocker-, un cinturón de pinchos de dos vueltas y unas botas de cuero, de esas de mil cordones, que le llegaban la altura de las rodillas. Las medias de rejilla, complemento del que hoy no podía prescindir, aderezaban el conjunto que la diosa había elegido esta noche sin luna para ir al encuentro de Endimión. “Estoy segura de que puede notar mi presencia” dijo, recordando los escalofríos del joven durmiente cuando, en el momento de la despedida, rozaba con sus labios abultados alguna parte de su cuerpo. De pie, apretando sus nalgas generosas contra el marco de una puerta inexistente, se dedicaba de nuevo a adorar las columnas blancas de las piernas vigorosas del efebo, su pecho sin vello, sus pezones erizados... Lentamente, Diana acarició con sus uñas, no sin cierta violencia, la goma de las medias produciendo un ruido extraño ; introdujo el dedo corazón suavemente en el interior de su vagina y comenzó a tararear, en voz baja, la canción más dulce de la Monroe :

“Ooh, do it again. I may say no, no, no, no, but do it again. My lips just ache to have you take the kiss that’s waiting for you. You know if you do, you won’t regret it. Come and get it !...”

“Endimión ha cambiado”, se quejó Diana maldiciendo la inmortalidad de su amor ‘voyeurizado’ al tiempo que se recomponía sus largos cabellos rubios. “Ya no es el pastor salvaje que dormía desnudo sobre el monte de Latmos, ya no es el sabio astrónomo de la Caria... ahora duerme sobre un sofá cualquiera, en una casa cualquiera. Es banal... como la vida misma”. Luna, adoptando la última de sus formas, paseó su cuerpo de serpiente por la estancia donde dormía Endimión y deseó que el muchacho pudiera, aunque fuera una vez, observar sus senos tersos y blanquísimos que le llamaban decididos desde el transparente camisón azul. “No es lo que era”, se dijo, “sigue siendo bellísimo”, los ojos fijamente clavados en las nalgas redondeadas, “pero no es lo que era”. Lo admiró por última vez : sus hombros varoniles, sus brazos inquietantes (de algo había de servirle el capoeira), su rostro simétrico, sus ojos claros invisibles bajo los párpados, su abdomen marcadísimo, su sexo erguido y desafiante, que había vuelto a sentir las miradas de la diosa y respondía con el mejor de los saludos. Diana levantó una garrafa cercana sobre su cabeza y litros de agua helada cayeron por su cuerpo dejando invisible el vestido. Dos segundos más tarde, unas manos amorosas, “quién se conoce mejor que una misma”, pensó, comenzaron a recorrerla dulcemente. Otras manos, de un tamaño mayor, “no es fácil ser casta en los tiempos que corren”, recordó la diosa, apretaban sus senos con urgencia o palmeaban su culo por encima de la ropa. El bello Endimión había despertado de su hechizo. Lo peor : el dolor de espalda de apoyar solamente la cabeza (siempre tuvo la diosa complejo de equilibrista) contra el sofá y las agujetas del día siguiente que, en otra época, hubiera roto cazando ciervos. “Mañana será otro día”, bendijo Selene, “estaré libre por la noche...” Al fin y al cabo, a ella, Endimión (que ahora parecía empeñado en llevarla de vuelta a los cielos) ya no le gustaba tanto...

domingo, 24 de agosto de 2008

Vómito suprarrealista tras un poema de Juan Antonio Vasco o la melancolía de persiana


Phantom-No-18- Eliza Lazo De Valdés

(Poema rescatado de nuevo de mi poemario La espalda de Lilith (2002-2004))

“Eres el agua negra donde toda blasfemia alcanza
la transparencia del deseo”
JUAN ANTONIO VASCO


El hada roja del heliotropo
(mi Lilith de barro que flota enganchada de un alambre
en el altar improvisado del salón)
descubre que se ha comido un libro sin eructar.

“Me niego a olvidar”, ha dicho alguien.

Hoy es viernes, los televisores hacen huelga de ceño
y Venus ha despreciado a un nuevo amante:
“No salgo. Es la melancolía de persiana”.
“Enfermedad mental”, dicen unas.
“Cuento”, dicen otras.

Diosa caída en noviembre,
lamento la dura ausencia de esa presencia
de hombre partido en dos
.
“No puedo soportarlo”, me digo.

Empiezo a escuchar tangos,
dejo que el hombre caballo
- tantas veces asesinado en mis escritos -
resucite por una de mis llagas.

“¡Que agradable el dolor!”
Oigo pájaros, muchos pájaros.
“Hegoak ebaki banizkio
nerea izango zen,
ez zuen aldegingo.
Bainan, honela
ez zen gehiago txoria izango
eta nik...
txoria nuen maite”.[1]

“¿Que más da que no me quiera?”, me digo.

Abrazo - como a un cactus – mi cuerpo dulce
de treinta y un años, aprieto mis pechos
(con los dedos bien limpios),
me quito el vestido de nausea
en la habitación y soplo
sobre sus manchas de pólvora.
“Estoy rota y lo sé”.

“eta nik...txoria nuen maite”.
Una fuerza centrífuga hunde hacia dentro mis pezones
(recuerdo: “Se´t posen durs els mugrons[2])
abro las piernas
y no hay manera de bucear en ellas
y robarle al olvido el óvulo anti-hongos
que inunda de muerte mi vagina.

Camino (con los dedos)
a la búsqueda de un orgasmo mortífero como los de otro amante,
me siento sobre un cojín azul de fieltro
(“Encaixem molt bé nosaltres[3], decía),
abrazo un muñeco negro con alas (hijo bastardo)
y lloro otra vez.

La mujer rota vuelve a ahogar sus sueños de poeta impostora
en el triste agujero de un lavabo impoluto
esta vez de alquiler.



[1] “Si le hubiera cortado las alas hubiera sido mío, no hubiera escapado. Pero así hubiera dejado de ser pájaro. Y yo... lo que amaba era el pájaro”. (Mikel Laboa / J.A. Artze).
[2] “Se te ponen duros los pezones”.
[3] “ Nosotros encajamos muy bien”.

miércoles, 20 de agosto de 2008

COARTADA



Stephen Hender- Sebastiana.

Peter Pan no existe. Lo pienso mientras enciendo el último cigarrillo y entorno los ojos. La noche es tediosa. La luz es ambigua y clara. El Surrealismo tampoco existe. Ni Ceselli. Ni Latorre. Ni Llinás. Ni Maradiaga. Ni Molina. Ni Vasco. Ni los relojes blandos de Dalí. Ni Aldo Pellegrini. Ni los ojos azules de Peter. Ni sus tangos porteños. Ni sus cabellos rubios. Ni su habitación interior. Ni nuestras fotos en Portlligat. Ni su pasión por los helados de vainilla. Ni su cámara de vídeo. Ni mis desnudos. Ni su aparato protector de los dientes. Ni su furgoneta. Ni los elefantes con piernas de insecto. Ni los tigres. Ni Gala. Ni sus piqueteros. Ni Río de la Plata. Ni su espalda de escalador. Ni su tabla de windsurf. Ni las pruebas del no sida. Ni el amargor del mate. Ni Baires. Ni el Lunfardo. Ni sus grupos de rock. Ni la bandera de Jamaica. Ni su plantación de marihuana. Ni mi libro dedicado. Ni Lilith. Ni Ofelia. Ni su espalda. Ni mi esguince. Ni 1924. Ni Francia. Ni París. Ni Breton. Ni Eluard. Ni Marx Ernst. Ni el iluminado de Freud. Ni el santo de Karl Marx. Ni abril. Ni agosto. Ni diciembre. Ni su ramo de flores. Ni los calcetines perdidos. Ni la lluvia. Ni los sawarmas en la Rambla del Raval. Ni el vino. Ni Paul tocándonos un blues con la guitarra. Ni el frío suelo de la plaza del Macba. Ni el (h)original. Ni Residencia en la tierra. Ni Sobre los ángeles. Ni Poeta en Nueva York. Ni sus suspiros. Ni los míos. Ni sus embestidas. Ni mis uñas. Ni mis caricias. Ni su falo. Ni las hormigas. Ni los espejos. Ni los huevos. Ni los caracoles. Ni el agua de la ducha. Ni El gran masturbador. Ni La Révolution surréasliste. Ni vida a transformar. Ni Wendy. Ni Campanilla. Ni psicoanálisis. Ni yo. Ni supra-yo. Ni el ambiguo Sr. Darling... Yo adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos van marcando mi retorno...