domingo, 16 de diciembre de 2007

ROTA




A Mónica, eterna compañera en perversiones,
absurdos y otros vacíos del Leteo.

Allí estaba, sentada en medio del mundo, resplandeciendo como una bola de pelo rojo en la oscuridad, resignada a des-esperar, con las piernas abiertas, un príncipe azul con cara de sapo y ramo de flores incrustado en el culo.
La luna magnífica, felina, se balanceaba extática intentando el auto-cunnilingus, solamente posible en las noches de cuarto menguante.
De pronto, alguien la llamó por su nombre. La Rota le besó y le vomitó en la cara: jaculatorias de posesa, restos despedazados de un Bécquer trece añero que leyó en Nuevo Vale, trocitos pequeñísimos de manual de autoayuda sobre cómo morirse de una vez en el infierno...
Apretó, con orgullo, sus manos de puzle inacabado, pretendiendo asir sin éxito: el último desvarío esquizoide del aire, la última señal cóncava de la moneda de un cuento de Cortázar, el quejido ulterior de un Eros narcisista al estirarle los pezones, el poder de su disolución meterótica en un blues...
Se echó a andar. Caminó sin rumbo, llevando por petate: una ridícula foto gris de Calimero, tres cabezas jíbaras de muñeca rubia (“Decapite a su Barbie nihilista, libérese!”, gritaba la consigna) y el pico disecado de un ruiseñor azul que odiaba los condones.
La acompañaba un gato verde, negro como su suerte (su buena malasuerte), estrábico desde niño, flaco, señorial, taciturno, parásito de coños y absenta que, serpenteando al lado de su sombra, se deslizaba hasta su hombro para aposentarse sobre él como un búho (Nadie comprendió nunca esta amistad).
Intentó situar sus pies en línea recta (sin ayuda de la golosa cocaína), olvidar el salto obsesivo-compulsivo de las baldosas de su adolescencia, repasar la lista interminable de “lerdos buena-persona” que, en los últimos meses, había dejado escapar.
Ni siquiera se dio cuenta de que los entes del infierno del barrio aplaudían a su paso, con emoción y cierta arritmia, y le dedicaban sonrisas histriónicas (de seductor de profident) al crujir de sus botas negras (de tacón asesino) de naufragada bailarina de comparsa…

1 comentario:

Mónica González Caldeiro dijo...

Ayyyyy... Todas somos esa Rota. A veces, mantenemos los pedazos del espejo unidos; otras, se desprenden y todo se va a pique... Pero asumirse Rota es un peso liviano y un paso más hacia la liberación que supone aceptarse a sí misma y a las propias experiencias...